La codicia: una pésima consejera en asuntos de dinero

En ocasiones, nos detenemos a pensar y añorar un montón de cosas que no tenemos. Generalmente, esas cosas que no tenemos y que deseamos tener, son en su mayoría cosas materiales. Se dice que el dinero todo lo compra, incluso las voluntades de las personas. Y no es que esté mal el hecho de que deseemos alcanzar algunas metas, sin embargo, cuando la codicia nos habla al oído, debemos tener mucho cuidado.

Es verdad que el dinero puede comprar muchas cosas, pero el problema está en no saber cuándo ha sido suficiente. Cuando la codicia habla, nunca es suficiente, al contrario, los deseos se convierten en un apetito por el dinero y las riquezas que aumentan sin que podamos controlarlo. Conforme aumenta el deseo, se van perdiendo los objetivos que se tenían al principio, llevándonos a cometer actos que incluso ponen en riesgo lo que se ha alcanzado hasta el momento, a nosotros mismos o a quienes nos rodean.

Decía Mahatma Gandhi que había en el mundo suficiente para satisfacer las necesidades de todos los seres humanos, pero no lo suficiente para satisfacer su codicia. Tal vez muchos pensemos que no somos codiciosos, pero tal vez es que solo no hemos tenido la oportunidad de serlo. En el cuento llamado “La codicia”, el autor Jorge Bucay nos da una enseñanza, que nos dice que las personas que somos codiciosas en el interior nos podemos transformar apenas tengamos la oportunidad.

Invitamos a los lectores del Pionero a leer este cuento corto y a reflexionar sobre los principios que estamos promoviendo en nuestra sociedad. ¿realmente la felicidad está en las cosas materiales? El cuento de Bucay dice así:

“Cavando para montar un cerco que separara mi terreno de el de mis vecinos, me encontré enterrado en el jardín, un viejo cofre lleno de monedas de oro. A mí no me interesó por la riqueza, sino por lo extraño del hallazgo. Nunca he sido ambicioso y no me importan demasiado los bienes materiales…

Después de desenterrar el cofre, saqué las monedas y las lustré (¡estaban tan sucias y herrumbradas las pobres!). Mientras las apilaba sobre mi mesa prolijamente las fui contando… Constituían en sí mismas una verdadera fortuna.

Sólo por pasar el tiempo empecé a imaginarme todas las cosas que se podrían comprar con ellas… Pensaba en lo loco que se pondría un codicioso que se topara con semejante tesoro… Por suerte… Por suerte no era mi caso…

Hoy vino un señor a reclamar las monedas. Era mi vecino. Pretendía sostener, el muy miserable, que las monedas las había enterrado su abuelo y que por lo tanto le pertenecían a él.

Me dio tanto fastidio que: ¡lo maté!

Si no lo hubiera visto tan desesperado por tenerlas se las hubiera dado, porque si hay algo que a mí no me importa, son las cosas que se compran con dinero… Pero, eso sí, no soporto la gente codiciosa…”. Fin.

Si le ha gustado este mensaje, compártalo con sus compañeros, vecinos, familiares y amigos. Finalmente, recuerde que quien no es feliz con lo que tiene, no será feliz cuando tenga lo que ahora le hace falta.

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